28 nov. 2013

Rosa por fuera, negro por dentro

Es el atractivo título de un artículo de la revista OCU-Compra Maestra del próximo mes (supongo que cara a las Navidades), donde se analiza el grave impacto ambiental y social de la acuicultura intensiva de gambas y langostinos. En este artículo se dice lo siguiente:

"La razón que explica por qué los langostinos y las gambas se han convertido en un alimento al alcance de todos los bolsillos es muy simple: su producción en granjas acuícolas ha crecido enormemente. De los más de cuatro millones de toneladas anuales que se comercializan en el mundo, más del 80% procede de la acuicultura".

"España es el mayor consumidor de la Unión Europea y se surte casi por completo de países en desarrollo. Hasta aquí todo podrían ser buenas noticias: alimento selecto que baja de precio, países pobres que encuentran un filón para crecer... Pero algo está torcido".

"Durante los años 70, la cría de gambas fue formalmente considerada fuente de alivio de la pobreza. Pero en las dos décadas siguientes la demanda impulsó la proliferación descontrolada de granjas y empezaron, entre otras cosas, los problemas relacionados con la apropiación de tierras y la destrucción de los habitats originales. Así ha pasado en Bangladesh, Brasil, India, Indonesia, Malasia o Ecuador".

Ecuador y Tailandia son dos de los principales países exportadores y en ellos ocurren los siguientes problemas:
  • Contaminación, destrucción de costas y merma de la biodiversidad.
  • Destrucción de gran parte de los manglares.
  • Acaparamiento de tierras.
  • Desplazamiento de comunidades indígenas.
  • Familias privadas de medios de subsistencia.
  • Trabajo esclavo e infantil.
  • Abusos laborales.
  • Sobreexplotación de los recursos pesqueros.

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