Apenas cinco horas después de que Barack Obama abandonara la cumbre de Copenhague con un supuesto "acuerdo" para frenar el cambio climático bajo el brazo, varios de los delegados de los países que debatieron el texto en un plenario de madrugada dejaron claro que era insuficiente y que, además, no era tal acuerdo. El texto, bautizado el Acuerdo de Copenhague, es el fruto de dos años de negociaciones, que culminaron en el cónclave político de la capital danesa.
Sin embargo, pese a las expectaciones creadas, no es vinculante, no contiene cifras de recorte de emisiones de CO2, ni la creación de un sistema de control internacional para verificar las emisiones de los países emergentes (China, India, Brasil). Pero pone dinero encima de la mesa: 30.000 millones de dólares para pagar la adaptación al cambio climático de los países pobres entre 2010 y 2012. Y fija un vago objetivo de evitar una subida de más de dos grados en la temperatura del planeta. Para Obama, es "un gran avance sin precedentes".
La ministra española de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino, Elena Espinosa, ha admitido que el acuerdo alcanzado en la Cumbre del Clima de Copenhague "no es todo lo ambicioso que España y la UE hubieran deseado", pero "la única alternativa era el absoluto fracaso". La ministra aseguró que los aspectos positivos del documento se deben a las aportaciones de Europa y también de Japón, tras haber sido suscrito por Estados Unidos, Sudáfrica, China y la India, y haber contado con el apoyo de la UE.
Es decir, como decimos por aquí, más agua de borrajas.

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